Los buzos de profundidad no bajan de golpe: descienden por etapas, dejando que el cuerpo se equilibre con la presión a cada metro, y la regla de oro de su oficio es que mentir sobre lo que sientes allá abajo es el modo más rápido de no volver. Tú vives con esa honestidad obligada. Naciste con el Sol en Escorpio, y se nota en que no aguantas la conversación de superficie: te huele a falso, te aburre, y buscas la pregunta que hay debajo de la pregunta. Lo que los demás leen como intensidad o como sospecha es en realidad tu manera de comprender que vivir a medias sale más caro que el riesgo de bajar del todo. Plutón y Marte, tus regentes, no te empujan a la oscuridad por gusto. Te enseñan que solo lo que has tocado en su raíz tiene permiso para transformarte, y que lo demás resbala sin dejar marca. Por eso, cuando alguien recibe tu confianza, recibe algo que no se entrega dos veces a la ligera. Quienes nunca bajaron creen que tu peligro es la oscuridad. Tu peligro real es otro, y es de buzo: querer controlar el fondo en vez de soltarte en él, vigilar la presión con los puños cerrados como si pudieras mandar sobre lo que solo se atraviesa. Lo que tanto guardas no se vuelve más seguro por retenerlo, se vuelve más pesado, y un buzo que se aferra es un buzo que no sube. No te pido que subas a la superficie a fingir ligereza. Te pido que mires qué cosa tuya estás vigilando con los puños cerrados, y que pruebes a soltarla al fondo solo para ver qué hace cuando deja de ser tu prisionera.