Los antiguos carteros de pueblo cruzaban tres aldeas antes del mediodía con un fajo de cartas atado con cordel, y aprendían a distinguir por el grosor del sobre y el peso del lacre si lo que llevaban era una buena noticia o una deuda. Tú palpas el mundo parecido. Recoges señales del aire como otros recogen monedas del suelo: una palabra suelta de un desconocido en el metro, el medio segundo que alguien duda antes de responder, el modo en que cambia la luz de una sala cuando entra alguien nuevo. Naciste con el Sol en Géminis, y se nota en esa hambre tuya de matices, de versiones, de ángulos. Te llaman inconstante; en realidad es que ninguna cosa tiene una sola cara y tú te niegas a quedarte con la primera que asoma. Mercurio, tu regente, no te dispersa. Te enseña que conocer es traducir, que cada conversación es un puente que tiendes entre dos orillas que no sabían que querían tocarse. Por eso a tu lado la gente se entiende mejor con el mundo y consigo misma. La trampa no es la superficialidad, aunque te la achaquen. Es creer que todo lo que has rozado ya lo has vivido, confundir el inventario de impresiones con haber digerido una sola. A veces tu trabajo no es seguir recogiendo. Es sentarte con una cosa hasta que se te quede en el cuerpo. No te pido que dejes de moverte. Te pido que, de vez en cuando, te quedes en la primera frase y mires qué aparece cuando dejas de cambiar de canal.